sábado, 9 de febrero de 2013

SOCIEDAD Y MOVIMIENTOS SOCIALES EN EL SIGLO XIX


 Antecedentes.

Introducción.

Con las reformas agrarias y el proceso de industrialización desaparecieron los viejos estamentos y se crearon nuevas relaciones sociales basadas en el derecho de propiedad y la igualdad ante la ley.

La riqueza se convirtió en la categoría básica de definición social y aparecieron dos grupos sociales claramente enfrentados y cuyas relaciones van a determinar en buena medida el devenir de Europa a partir de entonces: Frente a la burguesía propietaria, aparecieron los grupos que carecían de riqueza o propiedad -obreros, campesinos pobres y jornaleros-. 

Apareció la conciencia de clase entre los trabajadores unida a la necesidad de mejorar su situación lo que dio origen a un nuevo tipo de conflictividad social basada en la lucha por la igualdad.

En defensa de los derechos de los trabajadores nació el movimiento obrero, y en su seno se desarrollaron nuevas ideologías como el socialismo utópico, el marxismo y el anarquismo, que criticaban las desgualdades económicas del capitalismo y proponían un modelo social más igualitario basado en formas de propiedad colectivas.


Sociedad y Movimientos Sociales.

DE LA SOCIEDAD ESTAMENTAL A LA SOCIEDAD DE CLASES.
El liberalismo del siglo XIX aportó nuevas ideas económicas y políticas dando origen a profundos cambios sociales:
  1. Desapareció la organización social estamental y se implantó la sociedad de clases. 
  2. En España, este proceso fue lento debido a: 
    • la escasa industrialización,
    • el peso de la gran propiedad agraria y 
    • el poder de la nobleza y el clero, grupos privilegiados del Antiguo Régimen.

Los estamentos privilegiados se disuelven...

Los estamentos dejaron de existir en España en el siglo XIX con la configuración del Estado liberal:
  • Nuevas leyes determinaron la igualdad jurídica de todos los ciudadanos poniendo fin a los privilegios que otorgaba el nacimiento, los títulos o la pertenencia al clero.
  • En el nuevo sistema liberal todos los grupos sociales: 
    • pagaban impuestos, 
    • eran juzgados por las mismas leyes y tribunales y 
    • gozaban, al menos en teoría, de iguales derechos políticos.
  • El conjunto de la población formaba una sola categoría jurídica, la de ciudadanos, aunque el liberalismo censitario limitaba el derecho al sufragio y a la participación política. 
  • Las diferencias sociales se establecieron en función de la riqueza y los ciudadanos quedaron definidos por su pertenencia a una determinada clase social, condicionada por su nivel económico.
  • La nobleza perdió sus privilegios (derechos a no pagar impuestos, extraer tributos de sus tierras y ejercer como jueces en los pleitos de las tierras de señorío), pero mantuvo su importancia social, económica y política al integrarse en el estrato alto de la nueva burguesía.
  • En cuanto al clero: 
    • el proceso de desamortización y desvinculación mermó el poder de la Iglesia al privarla de muchas de sus propiedades
    • las leyes de exclaustración decretadas dejaron vacíos muchos conventos, sus bienes desamortizados y algunos de sus tesoros artísticos como las bibliotecas, dispersos o dañados
    • con la pérdida de poder económico, a mediados del siglo XIX el clero disminuyó de manera considerable. 
  • A pesar de ello, la Iglesia católica mantuvo en España buena parte de su poder e influencia social:
    • la jerarquía eclesiástica (arzobispos y obispos) siguió ejerciendo un gran influjo político y su estilo de vida podía asimilarse al de las clases altas.
    • en el reinado de Isabel II, su presencia en la camarilla real y su peso en la corte fue notable, y sus más altos representantes formaban parte del Senado. 
  • En la época de la Restauración, el aumento del número de clérigos y miembros de órdenes religiosas (tanto masculinas como femeninas) fue considerable, especialmente de aquellos dedicados a la enseñanza.
  • Además, se mantuvo un fuero eclesiástico que les otorgaba algunos privilegios como la imposibilidad de ser recluidos en cárceles comunes y la exención de obligaciones militares. 
... Aparece una nueva organización de los grupos sociales.

Las clases sociales de la nueva sociedad eran grupos abiertos, a los que se pertenecía en función de la apropiación de la riqueza.

En la España liberal del siglo XIX se constituyeron dos grandes grupos sociales:
  1. La burguesía propietaria de riqueza urbana, industrial y agraria.
  2. El proletariado que solo poseía  la fuerza de trabajo, y optaba a un trabajo a cambio de un salario.
La burguesía era una élite con dinero donde estaban representados diversos grupos:
  • la alta nobleza convertida en gran propietaria agrícola
  • un sector enriquecido que no pertenecía a la nobleza formado por terratenientes, hombres de negocios, industriales, banqueros, grandes comerciantes y propietarios de inmuebles urbanos 
  • algunos destacados profesionales liberales.
La clase trabajadora -antagónica de la burguesía- estaba formada por:
  • pequeños artesanos, servicio doméstico, empleados de comercio
  • el nuevo proletariado surgido del proceso de industrialización y de la introducción de la nuevas formas laborales de tipo capitalista
  • campesinos pobres y jornaleros (proletariado agrícola). 
La conflictividad social adoptó nuevas formas propiciadas por las grandes desigualdades de riqueza y las duras condiciones de vida de la clase trabajadora, lo que dio origen a nuevos movimientos sociales e ideologías políticas que reclamaban mejoras salariales y laborales para los más desfavorecidos y denunciaban el capitalismo como un sistema social injusto.


LOS NUEVOS GRUPOS DIRIGENTES
La nueva clase dominante estaba formada por aristócratas de linaje y nuevos terratenientes, fabricantes vascos y catalanes, banqueros, grandes comerciantes, promotores urbanos, constructores de ferrocarriles o explotadores de minas. Junto a ellos, la élite del ejército y la jerarquía de la Iglesia configuraban el grupo de poder en España. 

La nobleza pervive.

Con la sociedad liberal, y a diferencia de otros países de Europa, la alta nobleza española, incrementó su poder económico.
Conservó la mayor parte de sus tierras convertidas en propiedad privada y adquirió nuevas propiedades procedentes de la desamortización.
A mediados del siglo XIX, España era todavía un país agrario y la nobleza era la mayor poseedora de tierras; por ello, un porcentaje considerable de la renta agraria y, en consecuencia, de la ariqueza nacional, acababa en sus manos.
Hasta 1860, ningún patrimonio burgués se acercaba en sus dimensiones al de cualquier miembro de la alta nobleza.
La pequeña nobleza representada por los hidalgos (muy abundantes en la zona cantábrica y el norte de la Meseta), perdieron su principal privilegio, el derecho a la exacción de impuestos, pasando a ejercer actividades muy diversas diluyéndose entr eel grupo de mediano propietariows agrarios. Muchos de ellos militaron en el antiliberalismo y nutrieron las filas de la rebelión carlista.

El poder de la nobleza provenía de su poder económico y de su influencia política. Durante el reinado isabelino constituyó el grupo de mayor influencia en la corte y formaba parte de las "camarillas" palaciegas que rodeaban a Isabel II Gracias a la pertenencia a ese reducido círculo conseguía privilegios, participaba en negocios, obtenía cargos políticos y militares y se beneficiaba de unas amplias relaciones sociales.

La nobleza aceptó el liberalismo como un mal necesario y el reparto de influencias con los grupos burgueses, como una necesidad, pero mantuvo su preeminencia social y hasta consiguió que una parte de la burguesía tratara de imitarla y desara ennoblecerse, emparentándose con nobles aun cuando estuvieran arruinados, o recurriendo a la compra directa de títulos mediante el pago de sustanciosas sumas de dinero. La propia monarquía premiaba el ascenso en la escla social con la concesión de títulos nobiliarios.

En el último cuarto del siglo XIX, la nobleza empezó a perder parte de su poder económico y de su influencia política. Sus patrimonios agrarios se depreciaron mientras ascendía el poder económico de la burguesía. Por ello, en la época de la Restauración, una parte de la nobleza emprendió negocios o se emparentó con burgueses adinerados que poseían fortunas muy superiores a las nobiliarias.

Los grupos burgueses se organizan.

La revolución liberal en España conformó una nueva burguesía surgida de los negocios, el comercio, la banca y el capital extranjero.

Desde los tiempos de Mendizábal este grupo de activos negociantes:
  • engrandecieron sus fortunas gracias a las concesiones estatales y a las operaciones de crédito.
  • fueron compradores de deuda pública del Estado y grandes inversores en Bolsa, en la que especularon con accciones, como las del ferrocarril. 
  • un sector invirtió en tierras y adquirió propiedades a costa de los bienes de la Iglesia y de los municipios. De este modo, pasó a engrosar las filas de los propietarios agrícolas, convirtiéndose en rentista.
Su origen fue diverso:
  • del Norte: Asturias, Cantabria y País Vasco
  • Andalucía: Sevilla, Cádiz
Su residencia habitual fue Madrid hasta el último tercio del siglo XIX, aunque existían grupos burgueses ubicados en otras regiones como Valencia.

La burguesía industrial constituyó un caso especial debido a la limitada extensión territorial del proceso industrializador español, quedó restringida a determinadas zonas del país, básicamente Cataluña y posteriormente el País Vasco:
  • se mantuvo alejada de las esferas del poder 
  • se preocupó esencialmente por conseguir del Estado liberal una política proteccionista para su incipiente industria
  • su debilidad numérica, su escaso poder económico en comparación con las grandes fortunas terratenientes y financieras y su localiación periférica, dificultaron que desarrollase un modelo de sociedad industrial más productivo y menos rentista que el de la burguesía especulativa o agraria.  
Las clases medias se consolidan.

Formaban una franja intermedia entre los poderosos y los asalariados.
Representaban menos del 5% de la población y agrupaban a medianos propietarios de tierras, comerciantes, pequeños fabricantes, profesionales lberales y empleados públicos.
Su riqueza era menor que la de las clases dirigentes y sus ingresos eran desiguales y dependìan de la mrcha de sus negocios.

El desarrollo de las clases medias estuvo unido al crecimiento urbano y a la expansión de la Administración y los servicios.
Compartían con los grupos poderosos un estilo de vida (formas de ocio, eduación), aunque su capacidad económica era más limitada.
Desde el punto de vista ideológico había diferencias entre la pequeña burguesía de las grandes ciudades como Madrid o Barcelona, más avanzadas y partidarias de reformas sociales, y la de las pequeñas ciudades, menos cosmopolita e ilustrada, partidaria del orden y del respeto a la propiedad y siempre temerosa de que cualquier cambio en la situación económica pudiera sumirla en la pobreza.

Aparece una nueva élite dirigente.

La élite dirigente de la sociedad liberal española del siglo XIX se formó con la unión entre la antigua aristocracia y los nuevos grupos burgueses:
  • la burguesía aportaba la innovación, las nuevas formas jurídicas y políticas que articulaban el Estado, el derecho y la propiedad, y en muchos casos también el dinero
  • la nobleza era un símbolo de abolengo, de prestigio social y de reconocimiento público. 
Ambas clases constituyeron una nueva oligarquía:
  • Tenían el poder económico e imponían las formas culturales. 
  • La implantación de un régimen liberal de carácter censitario, con el derecho a voto restringido a las clases poseedoras, les otorgó el monopolio del poder político. 
  • Los partidos políticos (moderados, progresistas, unionistas) y los cuadros públicos (diputados, senadores, gobernadores, concejales...) estuvieron constituidos principalmente por abogados, profesores, hombres de negocios y altos cargos militares. 
  • La vieja nobleza, aunque no estaba ausente, participó menos en la dirección de la vida política del país. 
  • El monopolio de las clases altas empezó a resquebrajarse con la aparición del Partido Demócrata y el republicanismo.

LAS CLASES POPULARES
Constituyeron la inmensa mayoría de la población agrupando un amplio abanico de sectores sociales que durante el proceso de revolución liberal configuraron el grupo social desfavorecido: antiguos artesanos, campesinos pobres, jornales sin tierra y el nuevo proletriado industrial.

Viejos artesanos y nuevos grupos urbanos.

Los privilegios gremiales desparecieron en la década de 1830 pero en España pervivió el mundo artesano y tradicional a lo largo del siglo XIX.
Tanto en las zonas rurales como en las ciudades se mantuvo un sector artesanal fuerte que elaboraba la mayor parte de los productos manufacturados, ya que la producción fabril era minoritaria.
El crecimiento urbano y la nueva estructura del Estado liberal concentraron en las ciudades una serie de trabajadores de servicios relacionados con la infraestructura urbana (empleados de limpieza, de alumbrado...), pequeños funcionarios, y trabajadores en el límite entre las clases medias y las clases populares.
Entre las clases más humildes predominaban las mujeres empleadas en el trabajo doméstico, seguidas de los mozos de comercio y de los pequeños vendedores autónomos.
Un sector de mujeres trabajaban de lavanderas, planchadoras, costureras o amas de cría.

El campesinado evoluciona.

En España, la reforma agraria liberal concentró la propiedad de la tierra aún más que durante el Antiguo Régimen.
  • Al contrario que en otros países del occidente europeo no hubo emigración a las ciudades y la población campesina española permaneció en el campo, al no existir un proceso de industrialización profundo. 
  • Aumentaron los campesinos sin tierras, los contratos de explotación a corto plazo y el latifundio.
En 1860 existían 2,6 millones de jornaleros y, a finales del siglo la situación del campesinado pobre no había mejorado. En su conjunto, el número de jornaleros, arrendatarios y pequeños propietarios había crecido considerablemente, pasando de los 3,6 millones a los 5,4, en parte como consecuencia del crecimiento global de la población, pero también a causa de su aumento en el total de la población agraria.

Existían, no obstante, diferencias regionales:
  • En Castilla-La Mancha, Andalucía y Extremadura, los antiguos señores conservaron sus tierras y se les reconoció la propiedad plena de sus antiguos señoríos.
  • En Cataluña y Valencia, muchos arrendatarios enfiteúticos accedieron a la propiedad, estructurándose un grupo de pequeños y medianos propietarios. 
A pesar de la desparición de la servidumbre jurídica del Antiguo Régimen, los campesinos en su conjunto seguieron sujetos a relaciones de tipo clientelar. El poder y la infjuencia del propietario, del notable y del cacique eran enormes y a ellos había que someterse a cambio de una mínima protección, en forma de trabajo asalariado, de arriendo de tierras o de gestiones administrativas. 

La reforma liberal en el siglo XIX no permitió a la mayoría de los campesinos el acceso a la propiedad de la tierra, y además les privó de las tierras comunales pasando a una condiciones de vida aún más duras, con rentas abusivas y épocas de hambre.
Sobre la población campesina recaía el mayor peso del anlfabetismo y la marginación social. A finales del siglo XIX, la tasa de anlfabetos representaba el 68% de la población española.
La situación del campesinado mejoró poco entre 1830 y 1870, es decir, desde la desamortización de Mendizábal hasta las crisis agrarias de finales de siglo. Así, las difíciles condiciones de vida en el campo y el aumento de la conflictividad social desencadenaron un proceso de emigración hacia las ciudades a partir de la década de 1860.

Aparece el proletariado.

Con la industria moderna apareció una organización diferente del trabajo caracterizada por la utilización de mano de obra asalariada.
En la primera mitad del siglo XIX, el número de obreros era reducido, y la mayoría trabajaba en la industria textil catalana. Al avanzar el siglo, los obreros fabriles aumentaron en Asturias y el País Vasco, debido al crecimiento de la industria siderúrgica y metalúrgica, y en otras zonas donde se desarrollaban actividades industriales, mineras o vinculadas a la construcción.
En la década de 1830, la industria catalana tenía unos 20.000 obreros. En el censo de 1860, los obreros industriales en España era en torno a 485.000, y los mineros 23.000.

Las normas que regulaban este nuevo tipo de trabajo eran similares en todas partes:
  • El patrón, propietario de un establecimiento industrial, empleaba a los aobreros a cambio de un salario, normalmente escaso.
  • Las mujeres y los niños a partir de los siete años también trabajaban en las fábricas y cobraban salarios muy inferiores a los hombres.
  • La jornada laboral no estaba regujlada, era de 12 a 14 horas diarias durante seis días a la semana, y se cobraba por día trabajado.
  • La más mínima protesta significaba el despido y no existía ninguna protección en caso de paro, enfermedad, accidente o vejez.
  • Los salarios de los obreros apenas daban para comer.
  • Las viviendas eran pequeñas, miserables y situadas en barrios haciandos, carecían de servicios de alumbrado, agua corriente, alcantarillado y empedrado.
  • Las enfermedades infecciosas como la tuberculosis y el cólera se propagaban rápidamente, afedtando a una población muy vulnerable por la mala alimentación y el trabajo agotador.

COMPORTAMIENTOS SOCIALES EN LA ESPAÑA LIBERAL
Durante el siglo XIX, el poder y la influencia social de la nobleza y la Iglesia continuó siendo muy importante, pero los nuevos hábitos burgueses y las formas de sociabilidad obrera fueron abriéndose paso y transformaron los tradicionales comportamientos sociales.

Viejos comportamientos sociales y nuevas formas de ocio.

La élite social -debido al peso que tenían los terratenientes agrarios- estaba más cercana al prototipo de aristócrata rentista caracterizado por el desprecio al trabajo y su ideal de vivir de la renta. Sólo en determinadas zonas industriales o en pequeños grupos de comerciantes y empresarios, se convirtieron en predominantes los valores del trabajo, del esfuerzo personal y la austeridad.

Las fiestas religiosas, las procesiones, las bodas o los bautizos marcaban el ritmo de la vida social debido a la poderosa influencia de la Iglesia católica, aunque un sector del liberalismo defendió la conveniencia de laicizar la vida pública y de poner fin al predominio de la moral católica en todos los ámbitos sociales.

A finales de siglo, una parte de la clase trabajadora empezó a manifestar actitudes anticlericales, asociando la Iglesia con los grupos poderosos que la dominaban.  

A la tradicional ostentación aristocrática manifestada en sus palacios, vestidos o fiestas, se unió la burguesía que mostraba su poderío económico a través de grandes casas, recepciones, carruajes y lujosos vestidos; símbolos de su ascenso social, intentando así, satisfacer sus aspiraciones de reconocimiento social.

La burguesía -que residía esencialmente en las grandes ciudades- mostraba en público su poder y riqueza. En consecuencia, frente a la sociedad rural y aristocrática donde el ocio y las fiestas se celebraban entre los muros de palacios o mansiones señoriales, en la nueva sociedad industrial y urbana las formas de ocio y las diversiones pasaron a comercializarse y a convertirse en un producto al alcance de quienes lo pudieron comprar.

Las élites frecuentaban la ópera y el teatro (Liceo de Barcelona y Teatro de la Zaruela y Teatro Real de Madrid). Aparecieron los jardines de recreo, donde se celebraban bailes, y proliferaron las cafeterías y los restaurantes.

Tuvieron importancia los casinos y los círculos de propietarios, una especie de clubes o sociedades privadas en las que los notables de un lugar, los empresarios o propietarios agrícolas se reunían, tomaban café, celebraban fiestas, discutían de política o pasaban el tiempo en terturlia o juegos de azar.

A finales de siglo, entre las clases populares urbanas se extendió la asistencia a los cabarets, los cafés, los bailes y las verbenas. Las corridas de toros continuaron siendo el espectáculo más popular y frecuentado.

Entre los trabajadores, la taberna era el centro de reunión. Pero la influencia de las ideas socialistas y anarquista y el aumento de la alfaberización de los obreros comportaron la fundación de ateneos, círculos obreros o casas del pueblo, que a imitación de los centros frecuentados por la élite, eran el lugar de formación, discusión y entretenimiento de las clases populares.

Viejos hábitos y nuevos horizontes entre las mujeres del siglo XIX.

El papel de la mujer en el siglo XIX mantenía una concepción tradicional que las subordinaba a los hombres y las privaba de derechos jurídicos y políticos. Todas las mujeres se encontraban en esta condición subsidiaria con respecto a los hombres.

La situación era diferente en función de su origen o riqueza, por lo tanto las condiciones de vida eran variables y también su papel social:
  • Las que pertenecían a las élites tenían un destino esencial que era el matrimonio, según los valores burgueses y su tradicional concepción católica y conservadora. A partir de 1868, entre las hijas de la burguesía, aumentaron las demandas de mayor acceso a la educación, pero continuaron aljadas de universidades y empleos, o los abandonaban al contraer matrimonio.
  • Las obreras y campesinas constituían una importante fuerza de trabajo, y aunque el ideal de familia burguesa se extendía al conjunto de la sociedad, las mujeres de las clases populares tenían poco en común con las mujeres burguesas.

LOS PRIMEROS MOVIMIENTOS SOCIALES.

El crecimiento urbano e industrial comportó grandes diferencias sociales cuya consecuencia fue la intensificación de las luchas sociales a lo largo del siglo XIX.

Nace el movimiento obrero.

En sus inicios, la legislación liberal no contemplaba la regulación de las relaciones laborales y prohibía la asociación obrera por considerarla contraria a la libertad de contratación. Esta situación dio lugar a las primeras manifestaciones de protesta obrera contra el nuevo sistema que adquirierorn un carácter violento, clandestino y espontáneo. 

El ludismo fue la primera expresión de rebeldía obrera contra la introducción de nuevas máquinas a las que se responsabilizaba de la pérdida de puestos de trabajo y del descenso de los jornales.

En España el movimiento ludista se inició en 1821, cuando los trabajadores de Alcoy asaltaron la ciudad y quemaron los telares mecánicos, aunque el incidente más relevante fue el incendio de la fábrica Bonaplata de Barcelona en agosto del año 1835.

Cuando los trabajadores entendieron que el origen de sus problemas no eran las máquinas sino las condiciones de trabajo la lucha obrera se fue orientando hacia la defensa del derecho de asociación y la mejora de las condiciones de vida y de trabajo.

A partir de 1834 el movimiento asociacionista obrero se extendió a través de la creación de Sociedades de Socorros Mutuos o Sociedades Mutualistas, a las que los obreros asociados entregaban una cuota para asegurarse una ayuda en caso de desempleo, enfermedad o muerte.
La Sociedad de Protección Mutua de los Tejedores del Algodón creada en 1840 por el tejedor Juan Munts fue la primera de estas asociaciones cuya función fue la de protección ante la adversidad carente de un programa reivindicativo propio.
El asociacionismo se extendió a otros lugares de España junto a las reivindicaciones obreras por el aumento salarial y la disminución del tiempo de trabajo. Las huelgas, aunque prohibidas, fueron el instrumento más frecuente para presionar ante los patronos. Las sociedades obreras crearon por esta razón las cajas de resistencia (un fondo para ayudar a los obreros en huelga).
Los conflictos huelguísticos proliferaron en las décadas de 1840 y 1850, tanto en las ciudades como en el campo, produciéndose movimientos reivindicativos en Granada, Valencia y Madrid.

La primera huelga general declarada en España fue en 1855 durante el Bienio progresista. Tuvo su origen en Barcelona, -como reacción a la introducción de unas nuevas máquinas hiladoras, las selfactinas, que ahorraban mano de obra dejando a muchos obreros en paro- y se extendió por Castilla (Valladolid, Béjar) y Andalucía.



Se suceden las revueltas agrarias.

Los conflictos y revueltas en el campo fueron constantes en la  España del siglo XIX. El aumento de la población agraria asalariada, sin un crecimiento paralelo del trabajo y los recuros provocó un grave problema social, especialmente en Andalucía.

En la década de 1840 se sucedieron las manifestaciones y ocupaciones de tierras donde le jornalerismo era mayoritario y los años de malas cosechas provocaban situaciones de hambre crónica y sumían en la miseria a miles de campesinos. La situación provocó quemas de cosechas y matanzas de ganado en un movimiento que podría asemejarse al ludista.

La situación se agravó en 1855 con la desamortización de los bienes comunales de los municipios, pues estas tierras de aprovechamiento común pasaron a manos privadas. Com consecuencia se produjeron alzamientos campesinos, que fueron duramente reprimidos por el ejército y la Guardia Civil. Los movimientos más intensos tuvieron lugar en Andalucía, en algunos lugares de Castilla y en las zonas montañosas de Aragón. Poco después se produjeron las fuertes revueltas de Utrera y El Arahal (Sevilla).
En 1861, un levantamiento en Loja (Granada) alcanzó gran virulencia y se extendió por las provincias de Jaén y Málaga. La represión del movimiento provocó numerosas víctimas entre los campesinos sublevados.

A raíz de estas luchas sociales, en las décadas de 1860 y 1870, el bandolerismo se extendió por Andalucía como respuesta induvidual y violenta a las grandes desigualdades sociales. Fue la época de los bandidos que tenían su refugio en Sierra Morena, y que reunidos en cuadrillas asaltaban caminos, cortijos y pequeños pueblos.

Se difunde el socialismo utópico y el republicanismo.

Las doctrinas socialistas significaron un impulso para el movimiento obrero y jornalero. Las primeras ideas socialistas llegaron con el socialismo utópico que pretendía acabar con las injusticias de la sociedad liberal creando sociedades igualitarias, de propiedad colectiva y un reparto equitativo de la riqueza. Estas ideas prendieron con fuerza entre los sectores más concienciados de asalariados del campo y de la ciudad.
La llegada a España del socialismo utópico se produjo por la difusión de las ideas de pensadores franceses como Saint-Simon, Cabet y Fourier.

En España el socialismo utópico se difundió por Andalucía, Madrid y Barcelona:
En el aspecto político, el movimiento obrero en sus inicios estuvo ligado al republicanismo federal.
En 1868 que se concedió el sufragio universal masculino, los obreros votaron sistemáticamente por el republicanismo pero este no supo mantener su ideario a la altura de las reivindicaciones populares por lo que buena parte del movimiento se decantó por las nuevas ideologías internacionalistas representadas por el anarquismo y el socialismo.



LA LLEGADA DEL INTERNACIONALISMO (1868-1874).
La Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), más conocida como Primera Internacional, se fundó en 1864 para defender la emancipación de la clase obrera. En ella se agrupaban asociaciones obreras de oreintación socialista y anarquista.


Los inicios de la Internacional en España.

La AIT envió a España al italiano Giuseppe Fanelli tras la revolución de septiembre de 1868 con el objetivo de crear una sección de la Internacional en España. Visitó Madrid y Barcelona donde se reunió con dirigentes sindicales como Anselmo Lorenzo y Ramón Farga Pellicer.
Fanelli, que era miembro de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista fundada por Bakunin en 1868, difundió el ideario anarquista como si fuese el de la AIT. De esta forma, los primeros afiliados españoles a la AIT pensaron que el programa de la Alianza -suprensión del Estado, colectivización, apoliticismso- eran principios de la Primera Internacional, lo que ayudó a la expansión y arraigo de las ideas anarquistas entre el proletariado catalán y el campesinado andaluz.

A partir de 1869 las asociaciones obreras se entendieron por toda España, aunque no todas se unieron al organismo internacional. Los núcleos más importantes se localizaron en Barcelona, Madrid, Levante (especialmente Alcoy) y Andalucía (Córdoba, Málaga, Cádiz). El primer congreso de la Federación Regional Española (FRE) de la AIT se celebró en Barcelona en 1870.

Crisis y escisión en la Federación Regional Española (FRE).

En 1871 llegó a Madrid Paul Lafargue, yerno de Marx, para impulsar en Madrid un grupo de internacionalistas favorables a las posiciones marxistas. Este grupo -formado por Francisco Mora, José Mesa y Pablo Iglesias- desarrolló a través del periódico La Emancipación, una campaña a favor de la necesidad de la conquista del poder político por la clase obrera. 

Las discrepancias entre las dos corrientes internacionalistas finalizaron en 1872 con la expulsión del grupo madrileño de la FRE y con la fundación de la Nueva Federación Madrileña, organización de carácter netamente marxista. El núcleo socialista escindido fue minoritario ya que la mayoría de las organizaciones integradas en la AIT mantuvieron su orientación anarquista.

El internacionalismo tuvo un momento álgido durante la Primera República con movimientos insurrecionales de carácter anarquista cuyo objetivo era la revolución y el derrumbe del Estado. Tras el fracaso de estos levantamientos, la FRE de la AIT perdió fuerza, y su declive continuó a partir de 1874 cuando el nuevo régimen de la Restauración la declaró ilegal, oligándola a organizarse en la clandestinidad.  

ANARQUISMO Y SOCIALISMO (1874-1900)
Con el régimen de la Restauración instaurado en 1874, las organizaciones obreras conocieron una dura represión que les forzó a la clandestinidad hasta 1881, momento en que los liberales tomaron el relevo de gobierno y las asociaciones obreras fueron de nuevo legalizadas.

El anarquismo apolítico.

En 1881, la sección española de la Internacional (FRE), de tendencia bakuninista, cambió su nombre por el de Federación de Trabajadoresde la Región Española (FTRE) para adaptarse a la nueva legalidad, que prohibía las organizaciones internacionales dirigidas desde el extranjero.
La nueva federación -que tenía su mayor implantación entre los jornaleros de Andalucía y los obreros de Cataluña- aumentó su número de afiliados y desarrolló una acción sindical de carácter reivindicativo, pero los desacuerdos internos y la constante represión favorecieron que un sector del anarquismo optara por la acción directa y organizara grupos autónomos revolucionarios cuyo objetivo era atentar contra los pilares del capitalismo: el Estado, la burguesía y la Iglesia.

En el período 1893-1897 se produjeron destacados actos de violencia:
  • atentado contra Cánovas y Martínez Campos (personajes clave de la vida política), 
  • bombas en el Liceo de Barcelona (símbolos de la sociedad burguesa), 
  • bombas contra la procesión del Corpues (símbolo de la liturgia popular eclesiástica, etc.). 
El anarquismo fue acusado (aunque no se demostró) de estar detrás de la Mano Negra (asociación clandestina que a finales del siglo XIX actuaba de forma violenta en Andalucía). Se le atribuyeron asesinatos, incendios de cosechas y edificios.
Los atentados y revueltas anarquistas fueron seguidos de una gran represión provocando una espiral de violencia que culminó en 1897 con los procesos de Montjuïc en Barcelona donde cinco anarquistas fueron condenados y ejecutados.

La proliferación de atentados dividió el anarquismo entre los partidarios de continuar con la acción directa y aquellos que propugnaban una acción de masas. Estos últimos plantearon la necesidad de fundar organizaciones de carácter sindical en lo que resultó la nueva tendencia anarcosindicalista que comenzó a fructificar a principios del siglo XX con la creación de Solidaridad Obrera (1907) y la CNT (1910).

Tal como veremos más adelante el anarquismo tuvo una gran influencia en el movimiento obrero y campesino durante la primera mitad del siglo XX. Será la guerra civil (1936-1939) y la represión posterior la que pondrá fin al protagonismo que tuvo durante este período.


El socialismo obrero.

La Nueva Federación Madrileña de la AIT, de tendencia marxista, se disolvió en 1876 tras la desaparición de la Internacional y en 1879 sus miembros fundaron el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). El nuevo partido se definió como marxista, partidario de la revolución social y en 1886 publicaron su primer semanario, El Socialista.

El Partido Socialista incluía en su programa de reformas:
  • derecho de asociación, reunión y manifestación,
  • sufragio universal,
  • reducción de la jornada de trabajo,
  • prohibición del trabajo infantil y otras medidas de carácter social.
A finales de siglo existían agrupaciones socialistas con arraigo en Madrid, País Vasco, Asturias y Málaga pero tuvo una implantación difícil en lugares como Cataluña debido a la implantación del anarcosindicalismo y también en el mundo agrario donde no penetró hasta avanzado el siglo XX.

El Partido Socialista:
  • Se adhirió a la Segunda Internacional desde su fundación en 1889 y contribuyó a introducir en España la Fiesta del Trabajo, instituida el 1 de mayo a partir de 1890.
  • Celebró su primer congreso en Barcelona en 1888, año en que fundó la Unión General de Trabajadores (UGT).

Evolución de las reformas y la cuestión social.

Desde la década de 1880, debido a la creciente presión sindical, algunos sectores liberales se mostraron partidarios de regular las relaciones de trabajo de la sociedad industrial, y al igual que se estaba planteando en otros países europeos, se vio la oportunidad de que el Estado reglase las relaciones económicas y laborales.


Las pautas iniciales fueron las siguientes:
  • En 1878 se aprobaron las primeras leyes de regulación de los trabajos peligrosos para los niños, la creación de asilos para inválidos de trabajo y la construcción de barrios para obreros.
  • En 1883 se creó la Comisión de Reformas Sociales, un órgano gubernamental con la finalidad de informar sobre la condición obrera y de promover el reformismo social.
  • En la primeras décadas del siglo XX aparecieron la mayor parte de las leyes reguladoras de las condiciones de trabajo y de negociación colectiva. 
La Internacional Socialista modeló su proyecto social a lo largo del siglo XX y sigue presente en la actualidad con una fuerte presencia institucional y política. Un análisis crítico sobre el papel que está jugando en la actual situación internacional lo encontramos en el siguiente artículo de Vicenç Navarro publicado en el diario PÚBLICO el 19 de febrero de 2013.

En la actualidad, tras el desarrollo ininterrumpido del sistema capitalista a lo largo del siglo XX, voces de diferente signo propugnan un cambio de sistema. El siguiente vídeo muestra un análisis global y crítico del capitalismo, que bien podría ser la base de un debate, tanto por su actualidad como por el calado de sus propuestas.
http://www.youtube.com/watch?v=6avaZow7JV0


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